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Una Historia de Perdón

Por Pastor Ana Sweet
No es fácil explicar lo que es el perdón o tratar de definirlo. Mi deseo es que con estas líneas te pueda inspirar esperanza, porque yo soy testigo de que sí se puede perdonar y esa libertad la puedes vivir tú también. Quisiera compartirte un poco de mi historia. Quizá tu historia es muy diferente a la mía, pero te aseguro que experimentar el perdón en tu corazón es posible, no importa cuál sea tu situación.
De niña me abandonó mi padre. En mi niñez no lo veía como un abandono sino como si hubiera tomado un largo viaje y pronto regresaría. Cuando ya estaba un poco más grande aún defendía a mi papá si alguien me hablaba mal de él. Les decía que “quizá tiene muchos problemas y por eso no se atreve a buscarme”. Al llegar a la juventud se acabaron los sueños de conocerlo y las justificaciones también. Sólo había un profundo vacío y ese vacío iba creciendo entre más preguntas llegaban a mi mente.
Cuando estas profundamente lastimado las preguntas dentro del corazón empiezan a torturar y parece que nadie puede responderlas. Nos hacemos preguntas como ¿por qué lo hizo? ¿Por qué me pasó eso a mí? ¿Qué hice para merecer esto? Esas preguntas crecen, aumentan, confunden y lastima el silencio porque nadie las puede responder. Cuando nos sentimos profundamente lastimados pensamos que tal vez cuando nos respondan nuestras preguntas entonces vendrá una sanidad a nuestro corazón. En mi caso no fue así.
La sanidad llegó a mi corazón cuando tenía 17 años de edad. Y antes de platicarte qué fue lo que ocasionó esa sanidad emocional, quiero hablarte de los preciosos resultados que viví. Dejé de poner atención en lo que me hicieron. De pronto mis ojos se quitaron de mí misma y la mentalidad de víctima se fue. Me vi de pronto ante mis propios pecados y dejé de enfocarme en lo que me hicieron… ahora lo único que podía ver era lo que yo había hecho. Aunque es verdad que fui víctima en sufrir el abandono de mi padre, mis reacciones a ese abandono causaron daño a los demás. Es cierto que la víctima se convierte en victimario, pues al no ser sanado de su dolor ahora empieza a hacer daño a los demás. Cuando me di cuenta de lo que yo había hecho… tuve la  necesidad de un perdón profundo que me sanara y me transformara. Ya no esperaba que alguien más cambiara. Ahora era yo la que necesitaba un cambio profundo. Ni siquiera me importó pensar en que otros necesitaban cambiar. En que mi padre debía arrepentirse por lo que hizo. Ahora pensaba en lo que yo hice… y el perdón profundo lo recibí. Dios me perdonó. Me perdonó por el gran amor que me tiene. El instrumento del perdón fue Su Hijo Jesús de Nazaret. Y al perdonarme de todos mis pecados me libró del resentimiento, de las preguntas sin respuesta, del deseo de venganza, de la amargura y llenó el vacío que mi padre había dejado.
El recibir el perdón de Dios me sanó. El recibir el perdón de Dios me dio la habilidad de perdonar. Y este corazón ya no tiene preguntas. Ahora tiene perdón para dar. La conclusión es esta: Fue Dios. Cuando supe lo que hizo por mí al enviar a Su Hijo a  morir en la cruz, cambió todo. Al verlo colgado me di cuenta de que fueron mis pecados los que lo llevaron ahí. Al ser perdonada ahora perdonar las faltas de mi padre era muy fácil. Porque si Dios entregó a Su hijo para perdonarme por mis pecados, ¿quien soy yo para no perdonar a mi papi por lo que hizo? El que ha experimentado el perdón de Dios por medio de Jesús de Nazaret… puede perdonar y ser libre para siempre.

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