Saboreando la Noticia

A quienes insisten en que quienes somos minoría en este país vivimos marginados, les recuerdo que basta con que uno de nosotros sea exitoso para rebatir su punto, por no decirle queja. Y no hay ejemplo más claro que el de Barack Obama, por lo que me da aun más coraje cuando el mismo presidente es quien  justifica la violencia y el vandalismo perpreado por gente de color. No niego que aun haya racismo. De hecho, dudo que algún día sea erradicado por completo, pero si efectivamente no existen oportunidades para las minorías, cómo explicarnos que el actual ocupante de la Casa Blanca sea un hombre negro.

Es lo mismo que cuando un alcohólico culpa de su vicio a su padre, quien también fue alcohólico, cuando tiene hermanos o hermanas que no lo son.

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Debí haber escrito esta columna la semana pasada, pero como dicen sabiamente: más vale tarde que nunca. El tema es el concurso para caricaturistas realizado en Texas en el que se les pidió a los concursantes que dibujaran al profeta Mahoma. El evento, como ya sabemos, llevó a que dos jihadistas ingresaran armados al recinto con la intención de asesinar a cuantos participantes pudieran. Afortunadamente, los únicos que terminaron muertos fueron los mismos atacantes, gracias a la pronta reacción de un policía. Sin embargo, el incidente ha generado un agitado debate sobre la libertad de expresión, racismo, intolerancia y falta de sentido común en este país.

Nos guste o no, Pam Geller, la organizadora del concurso, estuvo en todo su derecho de organizarlo. De que fue una estupidez lo fue; de que fue algo irrespetuoso, ofensivo, provocativo y moralmente equivocado, no hay duda. Pero de que fue algo legal, también lo fue, gracias al que, afortunadamente y por una muy buena razón, es nuestro primer derecho constitucional.

La primera enmienda no defiende lo que se dice, sino el derecho a decirlo. Así de simple. Privarnos del derecho a expresarnos libremente aun cuando la gran mayoría deteste nuestra opinión o punto de vista es más peligroso que la reacción de cualquier indignado por lo que se dice.

No cabe duda de que gozar de este derecho tiene un alto precio, pero lo prefiero a vivir en un país como Cuba, por ejemplo, donde la gente dice que se sufre del síndrome del ventilador, ya que me mientras se habla hay que estar volteando la cabeza de un lado al otro para asegurarse de que el estado no tiene a uno de sus espías al acecho.

Repito, fue una auténtica estupidez organizar el evento. Geller, conocida por sus provocativos comentarios antiislamistas, podrá ser acusada de no tener un pelo de sentido común, de irrespetuosa o hasta racista, si quiere, pero si la condenamos por lo que hizo, con sobrada razón merecería recibir el título de víctima.

Para rematar, créame que no estoy de acuerdo con mucho de lo que dice o hace Geller, pero siempre defenderé el derecho que tiene a decirlo o hacerlo.

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