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No te Ciegues

Por Pastor Ana Sweet
Un efecto que tiene la ofensa en nuestro corazón es el de cegarnos a lo que nosotros estamos haciendo mal. La ofensa apunta de inmediato al ofensor y nos impide ver nuestras reacciones a las ofensas, cómo nuestro carácter se empieza a torcer por causa de la ofensa y cómo el trato a los demás se hace hostil. La ofensa nos impide ver más allá. Cuando el corazón se ofende, le abrimos la puerta a la hostilidad. Ahora no sólo sufrimos por dentro sino que nos volvemos hostiles y ciegos. Sólo vemos lo que nos hicieron y no vemos cómo la hostilidad está supurando y causando daño a los que nos rodean.
Un corazón lastimado no es automáticamente un corazón ofendido. Todos podemos ser lastimados pero la ofensa es una decisión. ¿Cuando el corazón está ofendido cómo reacciona? Por medio de llamadas o citas empezamos a hablar mal dañando profundamente a quien nos escucha. ¡Envenenar un corazón contra el prójimo es un crimen! Esa persona que te escucha queda afectada por lo que dijiste. Lo peor del caso es que casi siempre el ofendido no dice la versión completa de las cosas. Tuerce la información, exagera las cosas y no toma responsabilidad de su parte. Ahora no sólo hablamos con alguien respecto a lo que nos hicieron, sino que también usamos los medios sociales para dar a conocer al mundo entero que estamos lastimados. ¡Nos cegamos! No vemos que en realidad la persona ofendida que tiene reacciones así se denigra, llama la atención de la peor manera y arruina su reputación. El ofendido se convierte de inmediato en el chismoso.  El corazón se lastimó, tomó la decisión de ofenderse y ahora está haciendo daño contaminando a todos los que le rodean y no se da cuenta. Porque la ofensa te ciega… sólo ves lo que te hicieron pero no ves lo que tú estás haciendo mal.
Este tema no es para hacerte sentir mal sino para abrirte los ojos, como me sucedió a mí hace unos días. Estaba meditando a solas en lo que una persona a quien le tengo mucho cariño me lastimó profundamente. No me di cuenta de cuanto me había afectado. Pero Dios me habló con mucha claridad mientras pensaba en esa persona. Y me dijo una sola frase que me sacudió profundamente, me abrió los ojos y me hizo entrar en razón. Estas fueron Sus Palabras: “Hay mucho más perdón que pedir… que perdón que dar”. ¡De inmediato me di cuenta! Cuando se lastimó mi corazón tuve reacciones que estaban afectando a mi familia y a los que me rodean. Me aislé de todos, no tenía deseos de convivir con nadie. Había hostilidad en mi trato aun con los que tuvieron nada que ver. Y fue muy claro para mí. Un corazón lastimado es sanado en el momento que decide perdonar. Pero un corazón ofendido no sólo envenena el alma sino que también envenena a todos los que le rodean. Quizá estás lastimado… pero no permitas que se albergue una ofensa. ¡Decide perdonar! Y si ya estás ofendido sólo te quiero animar a que no te ciegues… porque en realidad tienes más perdón que pedir que perdón que dar.

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