“Estás en un campo de tiro practicando tu puntería cuando de repente, y sin tú darte cuenta, una persona obliga a un niño a cruzar de un lado al otro el campo. Si una de tus balas llegara a alcanzar al pobre pequeño ¿de quién es la culpa, tuya o de quien lo obligó a correr?”. Tan pronto escuchamos esta pregunta hipotética hecha por un conductor de radio, mi hijo, de apenas 9 años de edad, sin pensarlo dos veces respondió que la culpa definitivamente es del primero. Lo increíble es que para el radioescucha al que Hugh Hewitt le hizo esta pregunta, la culpa es de los dos. Por si no ha adivinado todavía, el tema a discusión era el conflicto en Gaza. Como ya se imaginará, el radioescucha, carente del sentido común del que gozan niños de 9 años de edad, ha caído víctima de la propaganda del grupo terrorista Hamás.

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Si hay algo que reconocerle a George Bush es que obviamente jamás le preocupó su popularidad.

Desde la decisión de invadir un país que directamente nada tuvo que ver con los ataques del 11 de Septiembre, hasta su respaldo a lo que para muchos, sobre todo en su partido, salpicaba tintes de amnistía para inmigrantes indocumentados, el que será por siempre el presidente 43 de Estados Unidos no se dejó influenciar, dice, por lo considerado popular en el momento o por la opinión de sus más acérrimos críticos.

De la que fuera su última conferencia de prensa como comandante en jefe, lo que más me llamó la atención de“W”, además de su último intento por ganarse la simpatía de corresponsales con bromas y gestos chuscos, fue cuando sostuvo que podrá dormir tranquilo en Texas después del 20 de enero, sabiendo que tomó decisiones o implementó políticas por convicción propia. No pretendo analizar, y mucho menos defender su administración, si su gobierno fue en términos generales bueno o malo o extremadamente malo, como algunos sugieren. Calificarlo le corresponderá a la historia.

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Debo admitir que efectivamente yo habría sido el primero en acusar a Barack Obama de demagogo de éste haber decidido asumir la presidencia en una ceremonia modesta y sin tanto bombo y platillo. Para variar, mi papá tiene razón. Tan pronto comenté que dada la crisis económica por la que atraviesa el país el ahorro de los $50 millones de dólares que se estima costará la toma de posesión de don Barack habría sido un buen gesto por parte del próximo presidente, mi papá me dijo: “¡Mano!, por favor, tu habrías sido el primero en…”. ¡Qué bien me conoce mi padre, caramba!

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